domingo, 10 de enero de 2016

Capítulo XII



Y entonces reparé en quién era. Cómo no, Hugo estaba ahí de nuevo, a la vuelta de la esquina para vigilarme.
El alivio no tardó en inundar mi cuerpo, aunque no tardó en ser sustituido por irritación al ver la sonrisa de suficiencia de Hugo, que me observaba burlón.
-¿Pretendías llegar muy lejos así? Tengo entendido que no hace falta robar un barco para llegar a tu casa.
Mascullé un insulto, que a juzgar por su expresión ni siquiera llegó a entender, y me crucé de brazos.
-¡¿Se puede saber qué narices haces aquí?!
-Podría hacerte la misma pregunta. ¡Ni siquiera sabes arrancarlo, Miriam! ¿De verdad crees que vas a avanzar mucho a vela con el viento que hace? Por no hablar de que antes de que hubieras podido salir del puerto ya te habrían pillado. Además, ¿y tus padres? ¿Qué explicación piensas darles?
-No creo que nada de eso sea asunto tuyo.- Respondí a la defensiva, a pesar de que para gran fastidio mío, tenía razón en todo.
-No la tomes conmigo, bonita, que solo pretendo echarte una mano para que no acabes en ningún reformatorio. Porque ni siquiera tienes aún los dieciocho, ¿no?
-¡¿Qué importa eso?! Mira, te agradezco que me ayudases antes, pero eso no significa que tengas derecho a cuestionar cada cosa que hago.
-No es mi intención. Solo quiero que veas lo absurdo que era tu plan. Partir tú sola, en un barco robado, que además no sabes ni arrancar, hacia quién sabe dónde, sin permiso de tus padres y siendo aún menor de edad. ¿Cómo lo ves?
Tenía razón. Lo cogiese por donde lo cogiese era una completa tontería. Aunque estaba el hecho de que no tenía muchos más medios para encontrar a Sam.
-Puede que tengas razón.- Abrió la boca para continuar con la reprimenda, pero no le dejé hablar, y continué diciéndole:- Pero resulta que no tengo muchas más opciones, y ya que no es de tu incumbencia, te pediré amablemente que me dejes hacer lo que considere.- Traté de decirlo con firmeza, en un tono que no admitiera réplica, pero en vista de su contestación no tuve mucho éxito.
Soltó una sonora carcajada que casi me hizo temer que alguien pudiera descubrirnos.
-Cuéntame, ¿cuál es el destino? ¿Una fiesta privada en alguna playa secreta? ¿Una asociación de chicas resentidas con la sociedad en algún punto escondido de la costa? ¿O tal vez pretendes reunirte con tu amado en alguna isla?- Me moví nerviosa sin saber qué responder, aunque parecía que no hacía falta.- Así que es eso. Buscas a alguien, ¿no? ¿Tu novio, tal vez?
Suspiré, empezando a hartarme de sus preguntas.
-No tengo novio.- Repliqué secamente.
Asintió sutilmente, sin inmutarse.
-Y a juzgar por tu carácter, tampoco persigues a nadie que te haya dado plantón, no pareces ese tipo de chica. ¿Un familiar, entonces, o una amistad?
-Yo no he dicho que esté buscando a alguien.- Protesto, poniendo los ojos en blanco. Excesivamente insistente para no conocerme de nada. ¿De dónde narices habrá salido?
-No hace falta que me lo confirmes para que esté seguro de ello.- Sonrió.
-Oye, ¿tan difícil es olvidar lo que has visto y dejarme en paz de una vez?
-En realidad, sería lo más sencillo, pero no lo correcto. Mira, hagamos un trato. Tú me cuentas qué es lo que quieres, y yo a cambio no te sigo presionando, ni hablo con nadie de esto.
Ahora soy yo la que suelta una carcajada burlona.
-Va a ser que no.
-¿Estás segura? Porque sobra decir que saldrías tú perjudicada. No creo ni que al dueño del barco ni a la policía les parezca acertada tu intromisión en la embarcación. Y por supuesto, mucho menos a tus padres.
-Entonces es eso, ¿vas a chivarte?- Entorné los ojos estudiando su expresión. Me gustaría pensar que ese no era su plan, pero su mirada era indescifrable.
-¿Vas a tratar de marcharte?
Me da que eso es un sí, así que con una mezcla de cansancio, enfado e impotencia, me dejé caer en el banco de la borda.
-Muy bien, no seguiré con mi plan. ¿Contento?
No habría renunciado tan pronto a ello por un estúpido desconocido si no hubiera sido por lo absurda que era mi idea. ¿Qué pretendía? Nunca iba a encontrar esa dichosa isla, y eso poniéndome en el supuesto de que de verdad exista, así que más me valía volver por patas a mi casa y hacerme a la idea de que si es por lo que yo puedo hacer, no volvería a ver a Sam nunca.
-No, pero me tranquiliza ver que lo has entendido.- Responde Hugo complaciente. Sin embargo, al ver que esta vez ni siquiera le miro, se sienta a mi lado y me observa inquisitivo.- Oye, ahora enserio. ¿Qué ocurre?
Me vuelvo a mirarle perpleja. ¿Qué le hace pensar que voy a decírselo? Estoy acostumbrada a guardarme mis cosas para mí, y con más razón si suenan absurdas, y no va a ayudarme nada de lo que otra persona pueda decir o hacer en respuesta. Y si a eso le sumo que es un desconocido con tintes psicópatas –me ha seguido en más de una ocasión, incluida esta-, parece obvia mi respuesta.
-Nada.
Pienso que va a volver a insistir, bien hasta que se lo cuente, o hasta alguno de los dos explote y se marche, pero en lugar de eso, se queda en silencio, mirando el mar. Y tras un par de segundos alerta a la espera de alguna respuesta, yo también me relajo por primera vez en todo el día, y cierro los ojos, olvidando por unos segundos que me he ido de casa por una discusión con mis padres, que mi ex novio, al que tengo muchísimo aprecio, ha desaparecido y no puedo hacer nada al respecto, y que estoy sola en un barco del muelle con un chico que lleva semanas siguiéndome, y que solo interviene cuando estoy en peligro.
-Parece que llevas meses en vilo.- Murmura en tono tenue, acompasado por el suave murmullo de las olas.
 -Puede que así sea.
Es como si no sintiera nada. Me siento extrañamente hueca, de pronto no tengo ni ganas de llorar, ni de gritar, ni de amar. Parece que estuviera muerta por dentro. O como él dice, solo terriblemente cansada.
-Te estás quedando helada.- Dice, cuando ya he perdido la noción del tiempo.
Y tiene razón. Me doy cuenta de que estoy temblando de frío, pero casi resulta más acogedora esta frigidez, que la posibilidad de volver a casa.
-He tenido una pelea con mis padres.
-¿Cómo terminó la cosa?-. Pregunta, tras un segundo de sorpresa.
-Me marché.- Suspiro.- Ya sé lo que debo parecerte. Una chica caprichosa y temeraria que cuando no tiene lo que quiere comete alguna estupidez sin importarme a quién ponga en peligro. Pero la verdad es que no me conoces, y no tienes ni idea de mi vida ni de lo que me empuja a hacer una u otra cosa, y sí, ha sido una estupidez marcharme de mi casa, pero resulta que a veces llegas a un punto en el que no puedes más, un punto en el que las circunstancias te superan, y la impotencia y el cansancio, sacan a relucir toda la irascibilidad que posees, y si cualquier persona te toca las narices cuando estás en ese punto, es sencillamente imposible elaborar una amable respuesta. Ya sé que sueno demasiado estúpida, pero me da igual. Llevo muchas horas despierta. Y te aseguro que mis circunstancias son más que suficientes para justificar mi reacción ante la bronca con mis padres, por mucho que no haya sido la adecuada.
-Hagamos una cosa. Fumaremos juntos el cigarro de la paz, y luego te acompaño a casa para que llegues relajada. Aguantas con tranquilidad la inminente bronca de tus padres, y te vas a dormir, que te hace mucha falta descansar. Pasaré a verte pronto a ver cómo andas, y espero que en algún momento logres confiar en mí o en alguien lo suficiente como para hablar con él, y me refiero a hablar de verdad, no por estar bebida, o buscando una defensa desesperado de tus actos, si no porque simplemente te ha llegado la hora de compartir todo eso que tanto te pesa con alguien. Hay gente que se lo carga a otros con mucho menos, tenlo claro. Y no eres menos fuerte por ello. Y si sigues queriendo hacer ese viaje para cuando hayas acabado el curso, prometo ayudarte. Te aseguro que si hay algo en lo que puedes fiarte de mí es en las promesas.
Evito con todas mis fuerzas que se derrame una sola lágrima, aunque lo cierto es que ha conseguido desarmarme por completo, por tonto que suene. Aprieto la mandíbula y asiento.
-Lo siento.- Me disculpo.
-No tienes nada que sentir. No es malo apoyarse en la gente, ¿sabes?- Me guiña un ojo amistoso, y saca de su cazadora una cajeta de tabaco y un mechero de color negro. Cómo no.
-Oye, no es que esté incómoda, pero tal vez deberíamos salir ya del barco. Solo falta que ahora nos vea alguien…
Se ríe, y me tiende la mano para ayudarme a salir. Caminamos por el embarcadero hasta sentarnos en el borde del muelle, mirando hacia el mar.
-Aquí tienes.- Me tiende la cajeta abierta, pero antes de coger nada, me detiene.- Pero recuerda mantener del todo la calma cuando vuelvas a tu casa. Las consecuencias ya van a ser bastante malas de por sí.
Asiento condescendiente.
-¿Tú no vives con tus padres?- Rompo el envolvente silencio que solo estaba siendo burlado por el sonido arrullador del mar. Sin embargo, la inocente pregunta parece tensarle.
-No. Vivo solo.- Responde sin dejar entrever ningún tipo de emoción, y sé con seguridad que no va a contarme nada más al respecto. No obstante, se ha comportado conmigo justo como necesitaba, aunque yo no lo supiera, así que decido no insistir.
-Me encanta el mar.- Comento, perdida en la visión del negro manto marino que se extiende a mi frente, hasta donde mi visión alcanza. No hay demasiada iluminación por aquí.
Se encoge de hombros.
-Es hermoso. Pero no me gustan las cosas que no puedo controlar, y el mar es algo demasiado imprevisible y poderoso como para plantearse siquiera esa posibilidad.
Le miro asombrada por su respuesta.
-Es libre.- La añoranza y el deseo tiñen mi voz.
-Tal vez. Pero no siempre eso es bueno.
-¿Cuándo no puede ser bueno ser libre?
-Cuando eso perjudica el funcionamiento del resto del mundo.
De pronto parece que estemos hablando de otra cosa, pero al poco, la conversación vuelve a ser sobre temas triviales, y nos quedamos cada uno perdido en sus propios pensamientos hasta que se consumen las últimas cenizas. Después, Hugo se levanta.
-Creo que ya va siendo hora de ponerse en camino hacia tu casa. Si llegas por la mañana, solo se van a complicar las cosas.
-Pues ya es difícil…- Resoplo resignada, aunque sé que tiene razón. Sin embargo, se está tan bien así…
Llevamos unos minutos andando cuando rompe el silencio, en absoluto incómodo.
-¿Cómo estás?- Y sé a la perfección que no se trata de una pregunta de cortesía. De hecho no creo que suela hacerlas. Lo dice enserio.
-Mejor. De veras, gracias.- Digo, muchísimo más tranquila que solo unos minutos antes.
-Bien.
Es un tipo muy extraño. No debe sacarme más de cinco años, y sin embargo, parece mucho más mayor que cualquier otra persona de su edad. ¿Por qué se habrá interesado por seguir y salvar a una adolescente cinco años menor que él a la que no conoce de nada?
Como siempre, me llaman la atención sus ojos. Son castaños casi negros, como los de la gran mayoría de la población. Y sin embargo, son diferentes a cualquier otro. Hay una chispa de… ¿madurez? O tal vez los definiría mejor como gélidos. Sí, es eso más bien. Su mirada emana frialdad, es tan distante. No nos separan más de dos pasos, y sin embargo, parece estar a años luz de mí.
Y por primera vez, me pregunto qué le habrá pasado a él, qué habrá sido de su vida. Le he hablado injustamente de mis circunstancias como si fueran duras, y lo cierto es que no tengo ni idea de las suyas. ¿Tendrá familia, amigos? No parece el tipo de gente al que le gusta rodearse de muchas personas. Y sin embargo, las entiende. Me ha entendido sin casi necesidad de que abriera la boca, y me ha dicho justo lo que necesitaba para ayudarme y que dejara de estar cerrada en banda ante cualquiera de sus intentos por comprenderme.
Y en medio de esos pensamientos, llegamos a mi casa.
-¿Es aquí?- Pregunta.
-Como si no lo supieras.- Replico sarcásticamente, aunque no pretendo molestarle.
Se encoge de hombros.
-Suerte.
-Gracias, me va a hacer falta.- Dudo un segundo. ¿Cómo se supone que debemos despedirnos? ¿Un adiós? Parece muy frío, pero cualquier otra despedida estaría fuera de lugar, ¿no?- ¿Cuándo volveré a saber de ti?- Inquiero, en lo que además es un intento de alargar el momento.
-Pronto. Por favor, no te metas en problemas. Y recuerda estar tranquila y amable.
-Descuida.
-Adiós Miriam.- Su mirada es tan intensa que casi resulta dolorosa.
-Adiós Hugo.
Y empieza a andar con paso decidido. Le observo perderse en la oscuridad, y me vuelvo hacia mi puerta. Ha llegado el momento de enfrentarse a esto una vez más.

2 comentarios:

  1. Cuando colgaras él próximo capitulo? Los dos primeros libros me encantaron, un beso😘❤

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  2. Queremos más capítulos. Hace ya mucho tiempo que no escribes otro capítulo. Hace más de un mes.
    Nos enganchas y luego nos dejas... :(

    ¡UN SALUDO! :)
    http://undiariopersonalmas.blogspot.com.es/

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