jueves, 23 de julio de 2015

Capítulo XI



Volvió a besarme con más fuerza, si cabe, mientras yo trataba de empujarle. Sin embargo, tenía mucha más fuerza que yo, y el efecto del alcohol no ayudaba.
Y poco a poco fui olvidando qué estaba haciendo. ¿Por qué le apartaba? En realidad no era una sensación del todo desagradable…
Así, aunque algo dentro de mí no estaba bien, me fui dejando llevar. Hasta que se desencadenó todo.
De repente, ya nadie me besaba. Oí un quejido sorprendido de Alex, que de pronto estaba contra la pared de enfrente. Y un chico que no conocía, se acercó a él con paso amenazante y le asestó un puñetazo sin vacilar.
Aún me encontraba bastante mareada, pero todas mis alarmas se dispararon. ¿Por qué le pegaba?
Con una sensación de confusión enorme, comencé a gritar, espantada por el calibre de la pelea.
-No grites.- El segundo chico, se acercó a mí más rápido de lo que habría creído capaz a nadie, y me tapó la boca con la mano, impidiéndome seguir chillando.
Me revolví y comencé a patalear cuando me arrastró a la fuerza hacia la salida del callejón. ¿Ese que yacía tumbado en el suelo, respirando con dificultad, era el chico que antes estaba besando? Todo daba vueltas.
Lo último que distinguí, fue como se abrió de golpe la puerta trasera de la discoteca. Después, doblamos la esquina.
Sin quitarme la mano de la boca, me dirigió una mirada de advertencia, y comenzó a hablar.
-No voy a hacerte nada. Pero cuando te recuperes, comprenderás por qué no te habría gustado estar ahí sola cuando volvieran los amigos del chico.- No podía decir nada. Me limité a poner todas mis fuerzas en aguantarle la mirada.- ¿Prometes no gritar si te quito la mano?
Dado que no me quedaban muchas más opciones, o que al menos, no me encontraba en condiciones para pensarlas, asentí frenéticamente sin vacilar.
Dudó un momento, pero finalmente asintió con firmeza y me soltó.
-¿Por qué llevas gafas de sol?- No entendía nada, y probablemente había mil preguntas más importantes antes de esa, pero fue la primera que se me ocurrió. ¿Qué clase de persona lleva gafas en un lugar como este en plena noche? No debía ver nada.
Soltó una risa áspera.
-Así el chico no podrá reconocerme y decir quién le dio la paliza cuando se recupere.
-Para esconderte.- Resumí.- Eso suena algo cobarde.
Se encogió de hombros. No parecía avergonzado, sino más bien divertido por mi comentario.
-Prefiero pensar inteligente. Es absurdo buscarse problemas cuando puedes evitarlos. Y hablando de eso, ¿me explicas cómo narices se te ocurre quedarte a solas con ese tío aquí fuera?
Habría sido una pregunta que me gustaría aclarar, si la hubiera escuchado, claro. Sin embargo, solo conseguí aguantar dos segundos para darme la vuelta antes de devolver todo lo que había ingerido en las últimas horas.
-¿Miriam?- Parecía preocupado.
-Ag.- Murmuré con el gesto torcido. Me incorporé levemente, encontrándome un poco mejor.
-¿Te encuentras bien? Será mejor que nos movamos. No me gustaría quedarme si les da por buscar por aquí al agresor de su amigo.
Dejé que me condujera hasta una calle lateral, que para mi alivio, estaba mejor iluminada.
-¿Cómo sabes mi nombre?- El detalle no se me había pasado por alto.
-Lo dijo antes el chico del callejón.
La respuesta no me convencía, pero en vista de que no iba a decir otra cosa, decidí preguntarle otra cosa que de pronto me inquietaba bastante más.
-¿Quién eres?- Pregunté por fin. Poco a poco, iba consiguiendo pensar con claridad, y recordé el chico de las gafas que me había seguido a principios de las vacaciones, y que después se había esfumado de repente. El mismo chico que había vuelto a ver esa tarde.
-De momento, el chico que te ha salvado de ese tío.
-Dime al menos como te llamas.
-Hugo.- Respondió a regañadientes.
-Hugo.- Repetí.- Gracias por tu ayuda.
-Descuida.
-Oye…- Comencé, pensando cómo podía decir lo que quería preguntarle sin sonar como una loca.- ¿Nos hemos visto antes en algún sitio?
Decidí que no era buen comienzo acusarle de haber estado siguiéndome si quería sacarle información.
-Puede.
-¿Qué clase de respuesta es esa?- Protesté.
-De momento, la única que voy a darte.
Le miré malhumorada, pero en verdad, ni yo misma necesitaba que respondiera. Ya lo sabía. Y lo único que necesitaba era conocer el motivo de que hubiera estado siguiéndome, aunque dudaba bastante que me contestara a eso.
-¿Me estabas siguiendo cuando irrumpiste en el callejón?
-Hay que ver la cantidad de problemas en los que eres capaz de meterte.- Comentó.
Sabía que lo había dicho para no tener que seguir respondiendo a mis preguntas, pero no pude evitar saltar a defenderme.
-Un día es un día, no suelo ser así.
-¿Y la noche que acabaste en comisaría?
Por un momento me quedé sin habla. ¿También sabía eso? Aunque claro, él estuvo ahí casi todo el tiempo. Por fin me confirmaba que había sido él todo el tiempo, siempre él.
-¿Por qué te fuiste?
-Una cosa es que os ayudase a salir con vida, y otra muy distinta, que vaya a permitir que me arresten por vuestra culpa.
-Ah.- Fue lo único que supe decir. No era la respuesta que me hubiera gustado oír.
-¿Crees que aguantarás lo que queda de noche sin meterte en líos?- Preguntó tras un largo silencio en el que estuve reflexionando sobre sus palabras.
-Claro.- Repuse medio burlona, medio ofendida. Aún me quedaban mil preguntas por hacerle, pero no sabía cómo plantearle ninguna. Sobre todo había una que no podía sacarme de la cabeza. ¿Era… humano?
Claro, que si la respuesta era sí, probablemente el siguiente paso sería llevarme a un psiquiatra, y si la respuesta era no… Podía verme metida en serios problemas.
-Me alegro de haberte visto, y viva, Miriam. Que disfrutes de lo que queda de noche en tu casa.- Dijo recalcando las tres últimas palabras.
Estuve a punto de soltar una risita irónica, pero me limité a asentir, puesto que no quería alertarle de nuevo.
-Adiós Hugo.
Me alejé en dirección a mi casa, aunque solo era para que terminara de creérselo y me dejara en paz.
Cuando hube cruzado un par de calles, me detuve y me quedé un rato apoyada en la pared. ¿Y ahora qué diantres hacía? Lorena acababa de reencontrarse con el amor de su vida, mis padres iban a castigarme indefinidamente, mis amigas de siempre, desaprobaban completa y absolutamente mi forma de actuar, y ya le había prometido a Lucas que le dejaría en paz. No es que me quedaran muchas opciones de donde pasar la noche.
Comencé a andar en dirección al mar de nuevo, con la esperanza de que allí hallara la inspiración para dar con una solución. Por el camino fui tranquila, observando las calles vacías con el lejano sonido del océano de fondo. En el cielo brillaban mil estrellas, y su visión consiguió suavizar mi humor varios puntos. No eran muchas las veces que se podían ver las estrellas por aquí, puesto que el cielo estaba encapotado la mayor parte del tiempo.
Y por fin llegué al borde de la calle. Solo diez centímetros me separaban del inmenso mar, que se extendía oscuro y tranquilo hasta más allá de lo que era capaz de percibir.


Di un paso más, hasta quedarme situada justo en el borde del amarradero. Una suave brisa marina soplaba alborotándome levemente el cabello, y me limité a cerrar los ojos disfrutando de esa sensación de calma por primera vez en el día de hoy.
Cuando abrí los ojos, distinguí el puerto, a solo unos metros, y recordé repentinamente el mapa. ¿Y si…?
Sabía que era una locura, pero ya había llegado a esta conclusión antes: No tenía ni una sola opción que usar para pasar la noche. Y al fin y al cabo, ¿por qué no? Cuanto antes diera con Sam, mejor sería para Leire y para él, así como para terceras personas como Lucas, que desafortunadamente se habían visto implicadas en su pequeño embrollo.
Y sin pensarlo mucho más, ya que sabía que no tardaría en arrepentirme de hacerlo, eché a andar rápidamente hacia el puerto.
Se suponía que la gente no puede entrar así como así en la zona de los barcos, pero prácticamente todos los habitantes del pueblo sabían cómo hacerlo, incluida yo. Me aseguré de que no hubiera nadie mirando, y me colé con facilidad en la zona reservada para las embarcaciones. Ya estaba más cerca.
Con una inevitable sensación de adrenalina en las venas, me paseé por los pasillos del embarcadero ojeando las opciones. Sin embargo, tras un rato, decidí que cualquiera mínimamente decente me serviría, y escogí uno al azar. Se trataba de una embarcación bastante ligera, que disponía tanto de vela como de motor, así como de un puente de mando y una bodega bajo la cubierta.
Traté de tranquilizarme mentalmente, ya que a ese paso me daría un ataque de ansiedad antes incluso de que hubiera logrado salir de la bahía, y me metí dentro del barco para inspeccionarlo. Por suerte, estaba en la punta del pasillo, así que no me costaría salir del embarcadero, y no correría el riesgo de chocar con otros barcos.
Comprobé que el mapa seguía en el bolsillo de la cazadora, y la dejé en el banco de la cubierta. Después, me puse a desatar el cabo que amarraba el velero al muelle.
Tras unos minutos de duro trabajo, por fin conseguí soltar el dichoso cabo. Sin embargo, cuando iba a volver a subir al barco, me tropecé con la borda, y dejé caer la cuerda, que no tardó en perderse de vida en el negro mar.
Me mordí el labio, aunque traté de tranquilizarme diciéndome que ya no iba a necesitarlo el propietario del barco, y que haría cuanto pudiera por devolverlo todo a su estado habitual cuanto antes.
Después, me senté junto a la cazadora en el banco y volví a ponérmela. No fue hasta que la agarré, que me di cuenta de que estaba temblando. No estaba segura de si era por frío, por miedo o por nervios, pero me importaba más bien poco. Lo único que necesitaba era un modo de detener el tembleque.
Me concentré en la ruta. Estudié el mapa cuatro veces hasta estar segura de que sería capaz de llevar a cabo la ruta con los ojos cerrados. Corría el riesgo de perderlo a lo largo de la travesía, y no quería arriesgarme a estar yo sola perdida en medio del atlántico. Cuando terminé, volví a doblarlo y a meterlo en el bolsillo de la cazadora.
Y entonces me imaginé cómo sería mi llegada. Visualicé a Sam, igual que la última vez, aunque puede que más asilvestrado. Tal vez incluso le hubiera salido barba. Sonreí al imaginármelo.
Seguramente me llamara inconsciente al verme, pero también cabía la posibilidad de que estuviera demasiado impresionado hasta para eso. Sabía perfectamente que no había demasiados que pudieran dar con la isla. Tal vez el hecho de haber tenido ese sueño hubiera estado relacionado con mi condición de Samyaza.
No lo sabía, aunque ya tendría tiempo para darle vueltas al tema si le encontraba. Tenía que encontrarle. No solo por mí.
Y después de eso ya podría respirar tranquila. Era todo lo que necesitaba.
Respiré hondo, y me incorporé de nuevo. Había llegado la hora de partir.
Casi se me sale el corazón del pecho cuando alguien irrumpió de golpe en la cubierta, por sorpresa, haciendo que toda la embarcación se balanceara y que yo soltara un grito ahogado asustada. ¿Había tardado demasiado?


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