domingo, 10 de enero de 2016

Capítulo XII



Y entonces reparé en quién era. Cómo no, Hugo estaba ahí de nuevo, a la vuelta de la esquina para vigilarme.
El alivio no tardó en inundar mi cuerpo, aunque no tardó en ser sustituido por irritación al ver la sonrisa de suficiencia de Hugo, que me observaba burlón.
-¿Pretendías llegar muy lejos así? Tengo entendido que no hace falta robar un barco para llegar a tu casa.
Mascullé un insulto, que a juzgar por su expresión ni siquiera llegó a entender, y me crucé de brazos.
-¡¿Se puede saber qué narices haces aquí?!
-Podría hacerte la misma pregunta. ¡Ni siquiera sabes arrancarlo, Miriam! ¿De verdad crees que vas a avanzar mucho a vela con el viento que hace? Por no hablar de que antes de que hubieras podido salir del puerto ya te habrían pillado. Además, ¿y tus padres? ¿Qué explicación piensas darles?
-No creo que nada de eso sea asunto tuyo.- Respondí a la defensiva, a pesar de que para gran fastidio mío, tenía razón en todo.
-No la tomes conmigo, bonita, que solo pretendo echarte una mano para que no acabes en ningún reformatorio. Porque ni siquiera tienes aún los dieciocho, ¿no?
-¡¿Qué importa eso?! Mira, te agradezco que me ayudases antes, pero eso no significa que tengas derecho a cuestionar cada cosa que hago.
-No es mi intención. Solo quiero que veas lo absurdo que era tu plan. Partir tú sola, en un barco robado, que además no sabes ni arrancar, hacia quién sabe dónde, sin permiso de tus padres y siendo aún menor de edad. ¿Cómo lo ves?
Tenía razón. Lo cogiese por donde lo cogiese era una completa tontería. Aunque estaba el hecho de que no tenía muchos más medios para encontrar a Sam.
-Puede que tengas razón.- Abrió la boca para continuar con la reprimenda, pero no le dejé hablar, y continué diciéndole:- Pero resulta que no tengo muchas más opciones, y ya que no es de tu incumbencia, te pediré amablemente que me dejes hacer lo que considere.- Traté de decirlo con firmeza, en un tono que no admitiera réplica, pero en vista de su contestación no tuve mucho éxito.
Soltó una sonora carcajada que casi me hizo temer que alguien pudiera descubrirnos.
-Cuéntame, ¿cuál es el destino? ¿Una fiesta privada en alguna playa secreta? ¿Una asociación de chicas resentidas con la sociedad en algún punto escondido de la costa? ¿O tal vez pretendes reunirte con tu amado en alguna isla?- Me moví nerviosa sin saber qué responder, aunque parecía que no hacía falta.- Así que es eso. Buscas a alguien, ¿no? ¿Tu novio, tal vez?
Suspiré, empezando a hartarme de sus preguntas.
-No tengo novio.- Repliqué secamente.
Asintió sutilmente, sin inmutarse.
-Y a juzgar por tu carácter, tampoco persigues a nadie que te haya dado plantón, no pareces ese tipo de chica. ¿Un familiar, entonces, o una amistad?
-Yo no he dicho que esté buscando a alguien.- Protesto, poniendo los ojos en blanco. Excesivamente insistente para no conocerme de nada. ¿De dónde narices habrá salido?
-No hace falta que me lo confirmes para que esté seguro de ello.- Sonrió.
-Oye, ¿tan difícil es olvidar lo que has visto y dejarme en paz de una vez?
-En realidad, sería lo más sencillo, pero no lo correcto. Mira, hagamos un trato. Tú me cuentas qué es lo que quieres, y yo a cambio no te sigo presionando, ni hablo con nadie de esto.
Ahora soy yo la que suelta una carcajada burlona.
-Va a ser que no.
-¿Estás segura? Porque sobra decir que saldrías tú perjudicada. No creo ni que al dueño del barco ni a la policía les parezca acertada tu intromisión en la embarcación. Y por supuesto, mucho menos a tus padres.
-Entonces es eso, ¿vas a chivarte?- Entorné los ojos estudiando su expresión. Me gustaría pensar que ese no era su plan, pero su mirada era indescifrable.
-¿Vas a tratar de marcharte?
Me da que eso es un sí, así que con una mezcla de cansancio, enfado e impotencia, me dejé caer en el banco de la borda.
-Muy bien, no seguiré con mi plan. ¿Contento?
No habría renunciado tan pronto a ello por un estúpido desconocido si no hubiera sido por lo absurda que era mi idea. ¿Qué pretendía? Nunca iba a encontrar esa dichosa isla, y eso poniéndome en el supuesto de que de verdad exista, así que más me valía volver por patas a mi casa y hacerme a la idea de que si es por lo que yo puedo hacer, no volvería a ver a Sam nunca.
-No, pero me tranquiliza ver que lo has entendido.- Responde Hugo complaciente. Sin embargo, al ver que esta vez ni siquiera le miro, se sienta a mi lado y me observa inquisitivo.- Oye, ahora enserio. ¿Qué ocurre?
Me vuelvo a mirarle perpleja. ¿Qué le hace pensar que voy a decírselo? Estoy acostumbrada a guardarme mis cosas para mí, y con más razón si suenan absurdas, y no va a ayudarme nada de lo que otra persona pueda decir o hacer en respuesta. Y si a eso le sumo que es un desconocido con tintes psicópatas –me ha seguido en más de una ocasión, incluida esta-, parece obvia mi respuesta.
-Nada.
Pienso que va a volver a insistir, bien hasta que se lo cuente, o hasta alguno de los dos explote y se marche, pero en lugar de eso, se queda en silencio, mirando el mar. Y tras un par de segundos alerta a la espera de alguna respuesta, yo también me relajo por primera vez en todo el día, y cierro los ojos, olvidando por unos segundos que me he ido de casa por una discusión con mis padres, que mi ex novio, al que tengo muchísimo aprecio, ha desaparecido y no puedo hacer nada al respecto, y que estoy sola en un barco del muelle con un chico que lleva semanas siguiéndome, y que solo interviene cuando estoy en peligro.
-Parece que llevas meses en vilo.- Murmura en tono tenue, acompasado por el suave murmullo de las olas.
 -Puede que así sea.
Es como si no sintiera nada. Me siento extrañamente hueca, de pronto no tengo ni ganas de llorar, ni de gritar, ni de amar. Parece que estuviera muerta por dentro. O como él dice, solo terriblemente cansada.
-Te estás quedando helada.- Dice, cuando ya he perdido la noción del tiempo.
Y tiene razón. Me doy cuenta de que estoy temblando de frío, pero casi resulta más acogedora esta frigidez, que la posibilidad de volver a casa.
-He tenido una pelea con mis padres.
-¿Cómo terminó la cosa?-. Pregunta, tras un segundo de sorpresa.
-Me marché.- Suspiro.- Ya sé lo que debo parecerte. Una chica caprichosa y temeraria que cuando no tiene lo que quiere comete alguna estupidez sin importarme a quién ponga en peligro. Pero la verdad es que no me conoces, y no tienes ni idea de mi vida ni de lo que me empuja a hacer una u otra cosa, y sí, ha sido una estupidez marcharme de mi casa, pero resulta que a veces llegas a un punto en el que no puedes más, un punto en el que las circunstancias te superan, y la impotencia y el cansancio, sacan a relucir toda la irascibilidad que posees, y si cualquier persona te toca las narices cuando estás en ese punto, es sencillamente imposible elaborar una amable respuesta. Ya sé que sueno demasiado estúpida, pero me da igual. Llevo muchas horas despierta. Y te aseguro que mis circunstancias son más que suficientes para justificar mi reacción ante la bronca con mis padres, por mucho que no haya sido la adecuada.
-Hagamos una cosa. Fumaremos juntos el cigarro de la paz, y luego te acompaño a casa para que llegues relajada. Aguantas con tranquilidad la inminente bronca de tus padres, y te vas a dormir, que te hace mucha falta descansar. Pasaré a verte pronto a ver cómo andas, y espero que en algún momento logres confiar en mí o en alguien lo suficiente como para hablar con él, y me refiero a hablar de verdad, no por estar bebida, o buscando una defensa desesperado de tus actos, si no porque simplemente te ha llegado la hora de compartir todo eso que tanto te pesa con alguien. Hay gente que se lo carga a otros con mucho menos, tenlo claro. Y no eres menos fuerte por ello. Y si sigues queriendo hacer ese viaje para cuando hayas acabado el curso, prometo ayudarte. Te aseguro que si hay algo en lo que puedes fiarte de mí es en las promesas.
Evito con todas mis fuerzas que se derrame una sola lágrima, aunque lo cierto es que ha conseguido desarmarme por completo, por tonto que suene. Aprieto la mandíbula y asiento.
-Lo siento.- Me disculpo.
-No tienes nada que sentir. No es malo apoyarse en la gente, ¿sabes?- Me guiña un ojo amistoso, y saca de su cazadora una cajeta de tabaco y un mechero de color negro. Cómo no.
-Oye, no es que esté incómoda, pero tal vez deberíamos salir ya del barco. Solo falta que ahora nos vea alguien…
Se ríe, y me tiende la mano para ayudarme a salir. Caminamos por el embarcadero hasta sentarnos en el borde del muelle, mirando hacia el mar.
-Aquí tienes.- Me tiende la cajeta abierta, pero antes de coger nada, me detiene.- Pero recuerda mantener del todo la calma cuando vuelvas a tu casa. Las consecuencias ya van a ser bastante malas de por sí.
Asiento condescendiente.
-¿Tú no vives con tus padres?- Rompo el envolvente silencio que solo estaba siendo burlado por el sonido arrullador del mar. Sin embargo, la inocente pregunta parece tensarle.
-No. Vivo solo.- Responde sin dejar entrever ningún tipo de emoción, y sé con seguridad que no va a contarme nada más al respecto. No obstante, se ha comportado conmigo justo como necesitaba, aunque yo no lo supiera, así que decido no insistir.
-Me encanta el mar.- Comento, perdida en la visión del negro manto marino que se extiende a mi frente, hasta donde mi visión alcanza. No hay demasiada iluminación por aquí.
Se encoge de hombros.
-Es hermoso. Pero no me gustan las cosas que no puedo controlar, y el mar es algo demasiado imprevisible y poderoso como para plantearse siquiera esa posibilidad.
Le miro asombrada por su respuesta.
-Es libre.- La añoranza y el deseo tiñen mi voz.
-Tal vez. Pero no siempre eso es bueno.
-¿Cuándo no puede ser bueno ser libre?
-Cuando eso perjudica el funcionamiento del resto del mundo.
De pronto parece que estemos hablando de otra cosa, pero al poco, la conversación vuelve a ser sobre temas triviales, y nos quedamos cada uno perdido en sus propios pensamientos hasta que se consumen las últimas cenizas. Después, Hugo se levanta.
-Creo que ya va siendo hora de ponerse en camino hacia tu casa. Si llegas por la mañana, solo se van a complicar las cosas.
-Pues ya es difícil…- Resoplo resignada, aunque sé que tiene razón. Sin embargo, se está tan bien así…
Llevamos unos minutos andando cuando rompe el silencio, en absoluto incómodo.
-¿Cómo estás?- Y sé a la perfección que no se trata de una pregunta de cortesía. De hecho no creo que suela hacerlas. Lo dice enserio.
-Mejor. De veras, gracias.- Digo, muchísimo más tranquila que solo unos minutos antes.
-Bien.
Es un tipo muy extraño. No debe sacarme más de cinco años, y sin embargo, parece mucho más mayor que cualquier otra persona de su edad. ¿Por qué se habrá interesado por seguir y salvar a una adolescente cinco años menor que él a la que no conoce de nada?
Como siempre, me llaman la atención sus ojos. Son castaños casi negros, como los de la gran mayoría de la población. Y sin embargo, son diferentes a cualquier otro. Hay una chispa de… ¿madurez? O tal vez los definiría mejor como gélidos. Sí, es eso más bien. Su mirada emana frialdad, es tan distante. No nos separan más de dos pasos, y sin embargo, parece estar a años luz de mí.
Y por primera vez, me pregunto qué le habrá pasado a él, qué habrá sido de su vida. Le he hablado injustamente de mis circunstancias como si fueran duras, y lo cierto es que no tengo ni idea de las suyas. ¿Tendrá familia, amigos? No parece el tipo de gente al que le gusta rodearse de muchas personas. Y sin embargo, las entiende. Me ha entendido sin casi necesidad de que abriera la boca, y me ha dicho justo lo que necesitaba para ayudarme y que dejara de estar cerrada en banda ante cualquiera de sus intentos por comprenderme.
Y en medio de esos pensamientos, llegamos a mi casa.
-¿Es aquí?- Pregunta.
-Como si no lo supieras.- Replico sarcásticamente, aunque no pretendo molestarle.
Se encoge de hombros.
-Suerte.
-Gracias, me va a hacer falta.- Dudo un segundo. ¿Cómo se supone que debemos despedirnos? ¿Un adiós? Parece muy frío, pero cualquier otra despedida estaría fuera de lugar, ¿no?- ¿Cuándo volveré a saber de ti?- Inquiero, en lo que además es un intento de alargar el momento.
-Pronto. Por favor, no te metas en problemas. Y recuerda estar tranquila y amable.
-Descuida.
-Adiós Miriam.- Su mirada es tan intensa que casi resulta dolorosa.
-Adiós Hugo.
Y empieza a andar con paso decidido. Le observo perderse en la oscuridad, y me vuelvo hacia mi puerta. Ha llegado el momento de enfrentarse a esto una vez más.

jueves, 23 de julio de 2015

Capítulo XI



Volvió a besarme con más fuerza, si cabe, mientras yo trataba de empujarle. Sin embargo, tenía mucha más fuerza que yo, y el efecto del alcohol no ayudaba.
Y poco a poco fui olvidando qué estaba haciendo. ¿Por qué le apartaba? En realidad no era una sensación del todo desagradable…
Así, aunque algo dentro de mí no estaba bien, me fui dejando llevar. Hasta que se desencadenó todo.
De repente, ya nadie me besaba. Oí un quejido sorprendido de Alex, que de pronto estaba contra la pared de enfrente. Y un chico que no conocía, se acercó a él con paso amenazante y le asestó un puñetazo sin vacilar.
Aún me encontraba bastante mareada, pero todas mis alarmas se dispararon. ¿Por qué le pegaba?
Con una sensación de confusión enorme, comencé a gritar, espantada por el calibre de la pelea.
-No grites.- El segundo chico, se acercó a mí más rápido de lo que habría creído capaz a nadie, y me tapó la boca con la mano, impidiéndome seguir chillando.
Me revolví y comencé a patalear cuando me arrastró a la fuerza hacia la salida del callejón. ¿Ese que yacía tumbado en el suelo, respirando con dificultad, era el chico que antes estaba besando? Todo daba vueltas.
Lo último que distinguí, fue como se abrió de golpe la puerta trasera de la discoteca. Después, doblamos la esquina.
Sin quitarme la mano de la boca, me dirigió una mirada de advertencia, y comenzó a hablar.
-No voy a hacerte nada. Pero cuando te recuperes, comprenderás por qué no te habría gustado estar ahí sola cuando volvieran los amigos del chico.- No podía decir nada. Me limité a poner todas mis fuerzas en aguantarle la mirada.- ¿Prometes no gritar si te quito la mano?
Dado que no me quedaban muchas más opciones, o que al menos, no me encontraba en condiciones para pensarlas, asentí frenéticamente sin vacilar.
Dudó un momento, pero finalmente asintió con firmeza y me soltó.
-¿Por qué llevas gafas de sol?- No entendía nada, y probablemente había mil preguntas más importantes antes de esa, pero fue la primera que se me ocurrió. ¿Qué clase de persona lleva gafas en un lugar como este en plena noche? No debía ver nada.
Soltó una risa áspera.
-Así el chico no podrá reconocerme y decir quién le dio la paliza cuando se recupere.
-Para esconderte.- Resumí.- Eso suena algo cobarde.
Se encogió de hombros. No parecía avergonzado, sino más bien divertido por mi comentario.
-Prefiero pensar inteligente. Es absurdo buscarse problemas cuando puedes evitarlos. Y hablando de eso, ¿me explicas cómo narices se te ocurre quedarte a solas con ese tío aquí fuera?
Habría sido una pregunta que me gustaría aclarar, si la hubiera escuchado, claro. Sin embargo, solo conseguí aguantar dos segundos para darme la vuelta antes de devolver todo lo que había ingerido en las últimas horas.
-¿Miriam?- Parecía preocupado.
-Ag.- Murmuré con el gesto torcido. Me incorporé levemente, encontrándome un poco mejor.
-¿Te encuentras bien? Será mejor que nos movamos. No me gustaría quedarme si les da por buscar por aquí al agresor de su amigo.
Dejé que me condujera hasta una calle lateral, que para mi alivio, estaba mejor iluminada.
-¿Cómo sabes mi nombre?- El detalle no se me había pasado por alto.
-Lo dijo antes el chico del callejón.
La respuesta no me convencía, pero en vista de que no iba a decir otra cosa, decidí preguntarle otra cosa que de pronto me inquietaba bastante más.
-¿Quién eres?- Pregunté por fin. Poco a poco, iba consiguiendo pensar con claridad, y recordé el chico de las gafas que me había seguido a principios de las vacaciones, y que después se había esfumado de repente. El mismo chico que había vuelto a ver esa tarde.
-De momento, el chico que te ha salvado de ese tío.
-Dime al menos como te llamas.
-Hugo.- Respondió a regañadientes.
-Hugo.- Repetí.- Gracias por tu ayuda.
-Descuida.
-Oye…- Comencé, pensando cómo podía decir lo que quería preguntarle sin sonar como una loca.- ¿Nos hemos visto antes en algún sitio?
Decidí que no era buen comienzo acusarle de haber estado siguiéndome si quería sacarle información.
-Puede.
-¿Qué clase de respuesta es esa?- Protesté.
-De momento, la única que voy a darte.
Le miré malhumorada, pero en verdad, ni yo misma necesitaba que respondiera. Ya lo sabía. Y lo único que necesitaba era conocer el motivo de que hubiera estado siguiéndome, aunque dudaba bastante que me contestara a eso.
-¿Me estabas siguiendo cuando irrumpiste en el callejón?
-Hay que ver la cantidad de problemas en los que eres capaz de meterte.- Comentó.
Sabía que lo había dicho para no tener que seguir respondiendo a mis preguntas, pero no pude evitar saltar a defenderme.
-Un día es un día, no suelo ser así.
-¿Y la noche que acabaste en comisaría?
Por un momento me quedé sin habla. ¿También sabía eso? Aunque claro, él estuvo ahí casi todo el tiempo. Por fin me confirmaba que había sido él todo el tiempo, siempre él.
-¿Por qué te fuiste?
-Una cosa es que os ayudase a salir con vida, y otra muy distinta, que vaya a permitir que me arresten por vuestra culpa.
-Ah.- Fue lo único que supe decir. No era la respuesta que me hubiera gustado oír.
-¿Crees que aguantarás lo que queda de noche sin meterte en líos?- Preguntó tras un largo silencio en el que estuve reflexionando sobre sus palabras.
-Claro.- Repuse medio burlona, medio ofendida. Aún me quedaban mil preguntas por hacerle, pero no sabía cómo plantearle ninguna. Sobre todo había una que no podía sacarme de la cabeza. ¿Era… humano?
Claro, que si la respuesta era sí, probablemente el siguiente paso sería llevarme a un psiquiatra, y si la respuesta era no… Podía verme metida en serios problemas.
-Me alegro de haberte visto, y viva, Miriam. Que disfrutes de lo que queda de noche en tu casa.- Dijo recalcando las tres últimas palabras.
Estuve a punto de soltar una risita irónica, pero me limité a asentir, puesto que no quería alertarle de nuevo.
-Adiós Hugo.
Me alejé en dirección a mi casa, aunque solo era para que terminara de creérselo y me dejara en paz.
Cuando hube cruzado un par de calles, me detuve y me quedé un rato apoyada en la pared. ¿Y ahora qué diantres hacía? Lorena acababa de reencontrarse con el amor de su vida, mis padres iban a castigarme indefinidamente, mis amigas de siempre, desaprobaban completa y absolutamente mi forma de actuar, y ya le había prometido a Lucas que le dejaría en paz. No es que me quedaran muchas opciones de donde pasar la noche.
Comencé a andar en dirección al mar de nuevo, con la esperanza de que allí hallara la inspiración para dar con una solución. Por el camino fui tranquila, observando las calles vacías con el lejano sonido del océano de fondo. En el cielo brillaban mil estrellas, y su visión consiguió suavizar mi humor varios puntos. No eran muchas las veces que se podían ver las estrellas por aquí, puesto que el cielo estaba encapotado la mayor parte del tiempo.
Y por fin llegué al borde de la calle. Solo diez centímetros me separaban del inmenso mar, que se extendía oscuro y tranquilo hasta más allá de lo que era capaz de percibir.


Di un paso más, hasta quedarme situada justo en el borde del amarradero. Una suave brisa marina soplaba alborotándome levemente el cabello, y me limité a cerrar los ojos disfrutando de esa sensación de calma por primera vez en el día de hoy.
Cuando abrí los ojos, distinguí el puerto, a solo unos metros, y recordé repentinamente el mapa. ¿Y si…?
Sabía que era una locura, pero ya había llegado a esta conclusión antes: No tenía ni una sola opción que usar para pasar la noche. Y al fin y al cabo, ¿por qué no? Cuanto antes diera con Sam, mejor sería para Leire y para él, así como para terceras personas como Lucas, que desafortunadamente se habían visto implicadas en su pequeño embrollo.
Y sin pensarlo mucho más, ya que sabía que no tardaría en arrepentirme de hacerlo, eché a andar rápidamente hacia el puerto.
Se suponía que la gente no puede entrar así como así en la zona de los barcos, pero prácticamente todos los habitantes del pueblo sabían cómo hacerlo, incluida yo. Me aseguré de que no hubiera nadie mirando, y me colé con facilidad en la zona reservada para las embarcaciones. Ya estaba más cerca.
Con una inevitable sensación de adrenalina en las venas, me paseé por los pasillos del embarcadero ojeando las opciones. Sin embargo, tras un rato, decidí que cualquiera mínimamente decente me serviría, y escogí uno al azar. Se trataba de una embarcación bastante ligera, que disponía tanto de vela como de motor, así como de un puente de mando y una bodega bajo la cubierta.
Traté de tranquilizarme mentalmente, ya que a ese paso me daría un ataque de ansiedad antes incluso de que hubiera logrado salir de la bahía, y me metí dentro del barco para inspeccionarlo. Por suerte, estaba en la punta del pasillo, así que no me costaría salir del embarcadero, y no correría el riesgo de chocar con otros barcos.
Comprobé que el mapa seguía en el bolsillo de la cazadora, y la dejé en el banco de la cubierta. Después, me puse a desatar el cabo que amarraba el velero al muelle.
Tras unos minutos de duro trabajo, por fin conseguí soltar el dichoso cabo. Sin embargo, cuando iba a volver a subir al barco, me tropecé con la borda, y dejé caer la cuerda, que no tardó en perderse de vida en el negro mar.
Me mordí el labio, aunque traté de tranquilizarme diciéndome que ya no iba a necesitarlo el propietario del barco, y que haría cuanto pudiera por devolverlo todo a su estado habitual cuanto antes.
Después, me senté junto a la cazadora en el banco y volví a ponérmela. No fue hasta que la agarré, que me di cuenta de que estaba temblando. No estaba segura de si era por frío, por miedo o por nervios, pero me importaba más bien poco. Lo único que necesitaba era un modo de detener el tembleque.
Me concentré en la ruta. Estudié el mapa cuatro veces hasta estar segura de que sería capaz de llevar a cabo la ruta con los ojos cerrados. Corría el riesgo de perderlo a lo largo de la travesía, y no quería arriesgarme a estar yo sola perdida en medio del atlántico. Cuando terminé, volví a doblarlo y a meterlo en el bolsillo de la cazadora.
Y entonces me imaginé cómo sería mi llegada. Visualicé a Sam, igual que la última vez, aunque puede que más asilvestrado. Tal vez incluso le hubiera salido barba. Sonreí al imaginármelo.
Seguramente me llamara inconsciente al verme, pero también cabía la posibilidad de que estuviera demasiado impresionado hasta para eso. Sabía perfectamente que no había demasiados que pudieran dar con la isla. Tal vez el hecho de haber tenido ese sueño hubiera estado relacionado con mi condición de Samyaza.
No lo sabía, aunque ya tendría tiempo para darle vueltas al tema si le encontraba. Tenía que encontrarle. No solo por mí.
Y después de eso ya podría respirar tranquila. Era todo lo que necesitaba.
Respiré hondo, y me incorporé de nuevo. Había llegado la hora de partir.
Casi se me sale el corazón del pecho cuando alguien irrumpió de golpe en la cubierta, por sorpresa, haciendo que toda la embarcación se balanceara y que yo soltara un grito ahogado asustada. ¿Había tardado demasiado?


martes, 14 de julio de 2015

Capítulo X



Negué con la cabeza sin demasiado ímpetu. Al parecer el chico era más lanzado de lo que esperaba. ¿No había captado el mensaje cuando le ignoré antes?
-Me parece que tu amiga se lo está pasando mejor que tú, ¿eh?
Seguí el gesto de su cabeza, irritada, y distinguí a Lorena abrazada a un chico con aires de surfero que la sonreía emocionado.
-Ya.- Respondí secamente, pegando un trago de mi coca cola. Encima de lo ya de por sí decaído que estaba el panorama para esta noche, tenía que aparecer este a tocarme las narices.
-Si quieres, podemos remediar eso. ¿Vienes a la pista?- Me tendió la mano, con una media sonrisa bastante sugerente.
Ya iba a negarme amablemente, cuando distinguí a Carla acercándose. Tragué saliva. No la veía desde el día de la comisaría.
-Buenas.- Saludó, sin demasiado afán.- ¿Podemos hablar un minuto, Miriam?- Me dirigió una mirada que parecía decir que no era una simple petición, mientras yo aguardaba, impasible.
-Aquí te espero.- Respondió por mí el chico, ganándose otra mirada de reproche por mi parte.
-¿Qué pasa?- Le pregunté a Carla cruzándome de brazos, cuando nos apartamos hasta un rincón más tranquilo.
-He hablado con Marina, y me lo ha contado todo.- Soltó sin rodeos, mirándome fijamente.- ¿Se puede saber en qué estás pensando? ¿Qué pretendes con esto?
-¿A ti qué más te da? No puedes hablar si no tienes ni idea.- Repliqué, claramente molesta por su comentario.
-Qué ha sido, idea de Lorena, ¿verdad?- Afirmó, mientras yo la miraba perpleja.
-¡Claro que no! Ella no va de madre, ni está dando órdenes continuamente, como otras.- Poco a poco, mi sorpresa se transformó en un creciente enfado. ¿De qué iba?
-No te piques, te lo estoy diciendo por tu bien. Y ese chico con el que estás, yo de ti no me acercaría demasiado. No te conviene.
¿No sabía hacer otra cosa que decirme qué me convenía y qué no, o qué debo hacer?
-Olvídame, ¿vale? Si no tienes nada más que decir…
Y sin esperar a que me respondiera, volví con paso seguro a donde estaba el chico. Sin darle demasiadas vueltas, le dirigí mi mejor sonrisa mientras le cogía de la mano, ante su mirada divertida.
-¿Sigue en pie lo de bailar?
-Lo de bailar y todo lo que tú quieras.- Respondió mientras me cogía de la cintura, pegándome más a él, tal vez demasiado. Sin embargo, la certeza de que Carla estaría seguramente observándome desde algún sitio, contrariada, me impidió apartarme.
Comenzamos a bailar demasiado juntos, aunque preferí no preocuparme por eso. Y entonces caí en que ni siquiera sabía cómo se llamaba el chico.
-No te has presentado.- Le dije en voz alta al oído, tratando de que me escuchara por encima de la música.
-Tú tampoco.- Me sonrió, tras demorarse dos segundos más de los necesarios en mi oído.
Puse los ojos en blanco.
-Soy Miriam.- Respondí, sin ganas de continuar su absurdo juego.- Encantada.
-Ajá.- Se limitó a responder, mientras yo le miraba un tanto alucinando.
Iba a responder, cuando vi a unos pocos metros a Lorena. Liándose con su surfero. Me quedé unos segundos descolocada. Luego no pude evitar alegrarme por ella.
-Tu amiga no pierde el tiempo, ¿eh?- Comentó el chico, siguiendo la dirección de mi mirada.
-Para nada. Mejor así, ¿no?
Y aprovechando un momento del baile en que estábamos excesivamente juntos, se inclinó hacia mí hasta juntar su boca con la mía. Por un momento me quedé inmóvil, demasiado sorprendida para hacer nada. Cuando reaccioné, algo me dijo que esto no estaba bien, pero entonces recordé las palabras de Carla, y fui respondiendo al beso, sin tener en cuenta que estábamos rodeados por toda la multitud.
Me llegaban a lo lejos las palabras del DJ, aunque no estaba demasiado concentrada en ellas.
-Y ahora… Para despedir abril,…- No pude oír más. ¿Despedir Abril? ¿A qué día estábamos?
Me separé bruscamente del chico, que me rodeaba la cintura con las manos impidiéndome que apartara mi cuerpo de él un solo centímetro.
-¿Estás bien?- Preguntó, no sabría decir si con preocupación o con fastidio.
-¿Qué día es hoy?
Soltó una risa tensa.
-¿Eso es todo? ¿Qué más da qué día sea?
-¿Puedes contestar, o se lo pregunto a otro?- Repuse secamente, cruzándome de brazos.
-30 de abril.
¿Cómo podía habérseme pasado que era el cumpleaños de Marcos? En su momento, había dudado si felicitarle o no, pero ahora solo se me ocurría buscar frenéticamente una salida para poder llamarle tranquilamente.
-¿Qué hora es?
-12 menos diez. ¿Seguro que estás bien?- El chico me cogió del brazo suavemente, no cabía duda de que ahora sí con preocupación.
-Perfectamente. Tengo que salir un momento.
Y sin más explicación, me fui lo más rápido que pude abriéndome paso entre la gente para salir de la discoteca, que me parecía mucho más agobiante que hacía unos minutos.
Cuando por fin encontré una puerta, la abrí respirando por fin aliviada.
Casi me caí fuera tropezándome con un estúpido escalón que antes no estaba ahí. Estaba segura.
Un momento.
Miré a mi alrededor confusa, y comprendí que no era el mismo sitio por el que había entrado. Debía de haber dado con una salida de emergencia, o una salida trasera, o algo así. Ahora me encontraba en un callejón sin salida desde el que podía distinguir el puerto al fondo. Por el otro lado, un edificio sin ventanas impedía cualquier intento de huída en caso de necesidad.
Me moví nerviosa sobre mi posición. Este sitio no me daba buenas sensaciones precisamente, pero tomé la determinación de hacer la llamada antes de volver a entrar en la discoteca. No me llevaría mucho rato.
Tratando de darme prisa, cogí mi móvil del bolsillo de la cazadora de cuero, que le agradecía sobremanera a Lorena que me hubiera dejado, y marqué el número de Marcos.
No sé cuánto tiempo estuve parada, dudando de nuevo. Sin embargo, me dije a mí misma que ser cordial con él es lo mejor que podía hacer, y le di a llamar.
Los segundos que pasaron mientras estaba comunicando se me hicieron eternamente tensos.
Y entonces saltó el buzón de voz.
Fruncí el ceño extrañada, y volví a intentarlo, con el mismo resultado. Una creciente inquietud se fue apoderando de mí. ¿Le habría pasado algo? El recuerdo de la última vez que le vi no me tranquilizó, precisamente.
Hice un rápido análisis de mis opciones. Ahora mismo, el amigo común que ambos teníamos con el que seguía teniendo la suficiente confianza para preguntarle por Marcos, me dijo la última vez que hablamos que le dejara en paz. No es que culpara a Jake, pero me fastidiaba que me hubiera dicho tan a las claras que no iba a poder contar más con él de momento.
Y una vez más, eché en falta el incansable apoyo de Sara.
Estuve a punto de pegar un grito, cuando alguien me agarró de la cintura por detrás, mientras acercaba los labios a mi oído.
Me di la vuelta como un resorte y descubrí que era el chico de antes.
-Se me había olvidado presentarme.- Susurró con una sonrisa traviesa.- Soy Álex.
-Ah.- Respondí tensa. De repente, el callejón parecía peligrosamente más oscuro y amenazador.
-¿Ya estás mejor?- Preguntó, con voz melosa.
-Sí.
Fui retrocediendo lentamente, según Álex se me iba acercando con una expresión que prefería no interpretar. Hasta que di con la espalda en la pared.
-Así que Miriam…
Apoyó una mano a un lado de mi cabeza en la pared, mientras me estudiaba con una sonrisa.
-Ajá.
-Te noto tensa.- Comentó mientras me acariciaba la mejilla con el dorso de la mano.- ¿Quieres un poco?
Me tendió un vaso de cubata que sostenía con la otra mano, que yo rechacé amablemente.
-No tengo sed, gracias.
-¿Por qué no te relajas? Oye, no va a pasar nada que no quieras. Bebe un poco anda, no va muy cargado.
Mi sentido común me gritaba que saliera de ahí inmediatamente, que me alejara de este tipo que pretendía parecer encantador, y buscara a Lorena para decirla que me iba. Me dijo también que volviera a casa.
Sin embargo, ya que me había escapado, podía tratar de pasármelo bien. Lorena siempre iba a lo loco, y la estaba yendo bastante mejor que a mí, así que, ¿por qué no obviaba a mi sentido común por una vez, y hacía lo que me decía?
-Está bien.
Me tomé un buen trago de su vaso, ante su mirada divertida, y cerré los ojos con fuerza, por lo fuerte que estaba.
-¿Mejor?
-Mejor.- Sonreí tratando de parecer confiada, y me despegué un poco de la pared, acercándome a él más de lo que ya estaba. Con un par de tragos más, vacié el contenido del vaso.
-Genial.
Recorrió con habilidad los pocos centímetros que nos separaban, aunque esta vez su contacto no me pilló por sorpresa. Rodeé su cuello con mis brazos, mientras él me juntaba más a él y me apoyaba de nuevo en la pared.
Sabía mucho a alcohol, pero no me importaba. A estas alturas, poco me importaba ya. También me sentía mareada, aunque apenas prestaba atención a ello, puesto que no habría podido moverme ni aunque hubiera querido.
Entonces, sus manos sobrepasaron el límite, y me separé un poco.
-Para…- Conseguí articular, para mi propia sorpresa.
Volvió a subir las manos sin mediar palabra, cosa que le agradecí silenciosamente.
Todo me daba vueltas… Y una vocecita lejana me gritaba alertándome de algo que no alcanzaba a comprender.
Reprimí un gemido cuando me aupó, acercándome aún más a él. Ya no notaba el suelo, o al menos eso creía. La realidad parecía quedar demasiado lejana, ya.
Lo que sí notaba era la presión de la pared helada contra la espalda. ¿Qué había ocurrido con la cazadora? No era capaz de recordarlo, pero ya no la llevaba.
-Deberíamos irnos…- No sabría decir por qué, pero sabía que era así. Me despegué de sus labios, mientras él me miraba con deseo en la oscuridad del callejón.
-Espera un poco.
Y de nuevo, volvió a besarme, sin que yo me sintiera con las suficientes fuerzas para hacer nada al respecto.
Me apretó con más fuerza contra su cuerpo y yo le rodeé con las piernas, sin separar mi boca de la suya.
Entonces, metió la mano por debajo del vestido, que ya llevaba casi por encima de la cadera, y conseguí reaccionar por fin. Una cosa era querer darles una lección a mis padres y a Carla, y otra bien distinta era esto.
Me separé lo suficiente para hablar, mientras trataba de recolocarme el vestido.
-Tenemos que irnos.- Ahora mi voz era más firme, a pesar de que el mundo me seguía dando vueltas.
Estaba sintiéndome orgullosa de mí misma por conseguir pronunciar las palabras, cuando Álex sonrió malicioso y volvió a apretarse contra mí. Comprendí demasiado tarde que ya no era solo mi decisión.